A los 45 minutos de llegado Juan había visto algunas liebres, pero se escaparon. 10 minutos después vio algunos pájaros, muy pequeños como para hacer valer el viaje y las balas.
Pero a estas alturas ya estaba dispuesto a juntar semillitas con tal de irse a su casa. Se suponía que era su turno de hacer la comida. Se preguntó que sería peor: Llegar con las manos vacías ó llegar con las manos vacías 4 horas después de la hora de comer.
Entonces lo vio. Un pájaro. Un pájaro grande como un nene de10 años. Con plumas amarillas que reflejaban al sol en todo su fulgor, o naturalmente tan brillantes como el sol. Una cola arcoiris con cada pluma de un color diferente al de la anterior. Alas gigantescas que se movían dócilmente, forzando a los árboles a sacudirse. Cada vez que movía esas alas destellos caían de estas. Y ese canto. Un canto tan hermoso. Tan hermoso que Juan se sentó a escucharlo. Y sintió sueño. Y se relajó. Sus manos resbalaron de las rodillas, y sintió la escopeta. Entró en razón. Disparó.
Entró con cuidado a la casa por la puerta de atrás, la que daba a la cocina. Se aseguró que nadie lo viera. Ni a el ni al animal. Lo desplumó y lo cocinó con un guiso.
A su papá le gustó, a su mamá no tanto. A su hermana le pareció demasiado salado.
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