Víctor estaba entablando lo que a muy grandes rasgos podía describirse como una discusión sobre la vida después de la muerte con la chica gótica común y corriente que es Muerte, cuando un portazo interrumpió gran parte de lo que se oía en el bar excepto al violinista, que era conocido por ignorar todo a su alrededor al tocar un obra. Con una cierta destreza, el chico que entró llegó hasta Víctor in chocarse con nadie y, en cuanto alcanzó al inmóvil chico, extendió su mano palma arriba.
-Quiero que me lo devuelvas.-
Víctor miró al chico, amagó comenzar una respuesta, se giró hacia la chica y le explicó.
-En nuestra familia es normal ser increíblemente seco en el trato.- se giró hacia el chico-No… ¿ves?- esto último de nuevo a la chica.
-Es mío por derecho, se suponía que lo tuviera yo.-
Víctor, sin despegar los ojos de su primo, tomó el vaso del que estaba tomando y, murmurando disimuladamente unas palabras en el transcurso desde la barra hasta quedar entre ambos, transformó el contenido en una brillante llama azul.
-¿Tengo que hacerte una demostración de por qué no te conviene ordenarme hacer nada?- preguntó Víctor fingiendo no haber hecho nada.
La única respuesta de su primo fue un resoplido agresivo, para luego marcharse con la misma especie de destreza que usó antes para no chocarse con nadie ni empujar nada con la cosa envuelta en tela que llevaba en la espalda.
-¿Qué fue todo eso?- preguntó la dulce, serena y fantástica voz de Julia.
La chica gótica que es Muerte simplemente se fue, ignorada por Víctor, obnubilado por Julia.
Víctor sacó de debajo de su buzo un colgante en cruz.
-Un recuerdo familiar de cuando era chico.-
-Pero si todavía sos un chico.- respondió jocosamente Julia, y nadie podría haber notado el interés que le surgió al ver el colgante. Bueno, Jim hubiera podido.
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