Un camión recorre la aparentemente interminable ruta. Su conductor duda sobre si detenerse en el localsucho a un costado. Decide que no. Ignora lo sabia que fue su decisión.
El demonio se había parado. Más como una reacción natural que como una respuesta a algún peligro. Uno de los hombres esperaba en la entrada de la cafetería con su mano izquierda calcinada e inútil desde hacía tres años y su mano derecha portando una daga zigzagueante imbuida de propiedades.
El otro estaba frente al demonio, apuntándole con un rifle con dos balas gavilladas con la punta de cada una marcada con un respectivo sello salomónico.
-Los humanos son tan cómicos.- enunció el demonio con esa voz característica mezcla de un tono grabe con uno agudo con una que vuelve dementes a los inocentes.- Con sus pequeñas construcciones, sus pequeños brebajes de uso común, sus inútiles intentos de supervivencia.- Rodeó la mesa, constantemente apuntado por la escopeta, una sonrisa en su rostro confiado.
-Este es el momento en que corren por sus vidas.- Aclaro el demonio, todavía no interrumpido por ninguno de los hombres.- ¿O es que son de esos de confianza desmedida?-
Un segundo pasó. Un segundo pasó y el demonio estaba con su mano, ahora una cosa roja e imposible de comparar con nada para dar una idea de su forma, sobre el cuello del hombre calvo de la escopeta; medio metro llegó a moverse el hombre de la puerta y las más de diez personas que estaban en el café se pusieron de pié.
Un disparo. Un segundo pasó. El demonio con una rodilla en el piso y su pecho empezandose a consumir de nuevo al lugar de donde vino.
-O sí. Tengo confianza.- Reafirmó el hombre con la escopeta humeante en sus manos.- Tenemos confianza. Es lo que los Lobos saben hacer.-
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