Marquitos cruzó la pradera desesperadamente para llegar hasta su madre y mostrarle su último hallazgo. Los últimos tres objetos que había encontrado en el lago había sido una bota izquierda a media separar de su suela, una caja de algún producto que era desconocido a todos en su casa y una rama que, desde su punto de vista, tenía una sorprendente similitud con la cara de su abuelo.
Al llegar a su casa, su madre lo abrazó y le ofreció un vaso de limonada. Igual que lo hacía cada vez que su hijo regresaba del lago. Y por primera vez, Marquitos rechazó la bebida azucarada. Estaba demasiado emocionado para pasar nada por la garganta. Le mostró a su madre el colgante que había encontrado.
El colgante consistía en una cruz posicionada en forma de X compuesta por la unión de un martillo, una espada, una pluma de esas que se usaban para escribir y un telescopio, en ese orden siguiendo el sentido de las agujas del reloj. A pesar de que lo había encontrado en el medio del barro a la orilla del lago, estaba tan limpio que reflejaba en su totalidad la luz del sol, si es que no la amplificaba con su color dorado lleno de vida.
Al pasar a sus manos el premio del hijo recién llegado, la madre sonrió. Cuando su sonrisa se redujo lo suficiente como para permitirle ver en detalle, y al ver así el diseño del objeto, empalideció. Miró desesperadamente para todos lados, como esperando que alguien más estuviera ahí. Tomó a su hijo del brazo con una fuerza que nunca le había mostrado y lo sacudió y tanteó buscando algo en su ropa manchada de barro.
-¡Mamá!¡Me estás lastimando!- gritó entre sollozos Marquitos
-¡¿De dónde sacaste esto?!- su madre ignoró las indicaciones de su hijo le habló llena de una peligrosa mezcla de ira y miedo.
-¡Lo encontré tirado!- Marquitos seguía sollozando al hablar.
-¡Me estás mintiendo! ¡¿De dónde sacaste esto?!- la conversación subía a cada linea de volumen con ambas personas tratando de captar más atención que la otra.
-¡En serio! ¡Lo encontré! Por favor, me estás lastimando.-
La madre soltó a su hijo, por deseo propio más que por los sollozoso ya convertidos en llanto del niño. Subió al ático. Guardó el colgante en una cajita llena de símbolos y metió esa caja en un sobre de papel madera. En el sobre escribió las indicaciones para que llegara a su hermana.
Y a partir de que envió ese paquete, comenzó a rezar todas las noches por que su hermana supiera qué hacer.
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